Este primero de mayo, ¿Por qué no intentar la solidaridad?

Ocasión de celebrar y reafirmar el valor y los valores de los sindicatos, de cuyos principios hemos de seguir inspirándonos, hoy debe servirnos además de lente para examinar en detalle nuestras sociedades e instituciones.

Hacer lugar para los valores sindicales

Entre los valores sindicales está la solidaridad. Aunque la solidaridad no sea propiedad exclusiva de los sindicatos. Las necesidades y relaciones humanas y la acción colectiva contribuyen a desarrollar sociedades que funcionan.

La visión moderna del mundo filtra la solidaridad. Parece que únicamente queda lugar para una competición entre los actores del mercado mundial, por un lado, y los populistas nacionalistas por el otro. Ese filtro no sólo se aplica al presente, sino también al pasado y al futuro.

Como educadores y sindicalistas somos, con mucho, las organizaciones más representativas de la sociedad civil, y la democracia corre por nuestras venas. Al igual que en la educación, llegar al público en general no puede lograrse de forma abstracta. Debe realizarse en cada comunidad. Nuestro desafío no es encontrar eslóganes alternativos, o cifras, o marketing, sino tender la mano y movilizar para hacer frente a las cuestiones que tocan y cambian vidas. Queremos que los Gobiernos nacionales sean capaces de regular y adoptar políticas solidarias, a diferencia de la mayoría de las empresas globales, pero somos, con todo, profundamente internacionales.

El enorme rol de la solidaridad para derrotar al totalitarismo en el Siglo XX se está desvaneciendo y también se aplica un filtro al papel que desempeñan los sindicatos y la educación, la sanidad y otros servicios públicos para aportar prosperidad, una medida de justicia, y democracia. Lo único que traspasa son el “libre” comercio y las empresas comerciales.

A través de este filtro, el futuro se muestra sombrío. La tarea que se asigna a los seres humanos será mostrase más flexibles y servir dócilmente al mercado. La noción de que la economía pueda estar regulada para servir a la humanidad se ve como algo extraño. Los seres humanos deberán en cambio soportar una carga aún mayor de riesgos y sacrificios para asegurar que los más poderosos disfruten de seguridad, estabilidad y riqueza garantizadas.

El populismo nacional atenúa la atomización de la sociedad, pero no con esperanza o con alternativas viables, sino con un simple rechazo de ese modelo, combinado con una buena dosis de fanatismo, intolerancia, ignorancia y división.

Ambas visiones dejan de lado la solidaridad. Ambas rechazan soluciones colectivas a problemas que únicamente pueden ser resueltos de esa manera. Ambas, cada una a su manera, desgarran el tejido fundamental de la sociedad. Y ambas, basándose en creencias y no en la vida real, se apoyan en “hechos alternativos”.

La visión sindical se apoya en la dinámica y las necesidades de la humanidad. Constituye una alternativa tanto a “una vida de tranquila desesperación”, como a estar siempre temblando de miedo ante lo desconocido, ante “los otros”.

Ni el mercado frío e impersonal ni la camaradería de una turba enardecida son capaces de responder a las necesidades humanas, tanto materiales como más profundas. No tienen en cuenta todo aquello que tiene mayor importancia, incluyendo amor y amistad, bondad y compasión, decencia, dignidad, respeto, derechos y justicia.

Solidaridad y Educación

Las misiones del sindicalismo y de la educación se inspiran en los mismos valores. Ambas conciben un futuro colectivo y no exclusivamente individual. Ambas rechazan la idea de que los elementos más preciados de nuestra humanidad deban confiarse a quienes tienen una calculadora en lugar de corazón, o a quienes confunden educación con adoctrinamiento.

Los sindicatos de la educación reúnen las misiones solidarias de la educación y del movimiento sindical. Su posición única en la sociedad y su capacitación hacen que les resulte posible tender la mano, tomar la iniciativa y empezar a cambiar el “panorama general”.

Si examinamos el último siglo, vemos enorme sufrimiento, tiranía, explosiones de nacionalismo, genocidio, racismo y terror indescriptible. Vemos los intereses comunes sacrificados en aras de intereses privados. Vemos a las personas trabajando para la economía y no a la inversa. Pero también vemos episodios de progreso frente al fanatismo y la desigualdad, mejoras en cuanto al respeto de los derechos humanos, la propagación de democracia política e industrial, avances en la justicia social y mejoras de los servicios públicos y la protección social. ¿Ha desaparecido la solidaridad porque ha dejado de ser una opción en una economía global integrada, dejándonos ante el terrible dilema de elegir entre malo y peor?

Tendremos que encontrar nuevas maneras de globalizar la solidaridad, pero el principio no ha desaparecido del planeta, aunque muchos hayan olvidado las lecciones clave que se desprenden de los progresos logrados en el Siglo XX. En tanto que sindicalistas y en tanto que educadores, nuestras raíces son demasiado profundas como para olvidarnos de la historia. Pese a nuestra tradición de lucha, jamás caímos en la desesperación.

Hemos pagado un alto precio por el fracaso de experimentos sociales orientados al mercado y por culpa de las peligrosas reacciones que generaron durante este siglo y el anterior. ¿Por qué no intentar ahora la solidaridad? 

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