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#DíaMundialDeLosDocentes | Lecciones de la pandemia: “Un mundo sin docentes”, por Andy Hargreaves.

Nunca antes se había dado una ocasión más importante que en este momento, ahora mismo, para reflexionar y apreciar lo que unos buenos maestros y maestras han hecho por nuestros hijos e hijas y también por nosotros y nosotras. Hemos visto lo que ocurre en el mundo cuando se aparta a los y las docentes de nuestros hijos e hijas. Hemos sido testigos de cómo el cuerpo docente se ha esforzado al máximo para dominar complejas plataformas digitales a fin de intentar hacer que la interacción con el alumnado en clases virtuales resulte lo más enriquecedora posible. Obligada a adentrarse en el aprendizaje virtual en un plazo muy breve, la maestra de nuestra propia nieta ha llegado a subir material en línea a las cuatro de la madrugada. También hemos tenido conocimiento de esos docentes que se dedicaron a distribuir material lectivo, libros escolares, lapiceros y papel a hogares desfavorecidos de familias trabajadoras donde muchos niños y niñas no tenían acceso al aprendizaje en línea. Hemos experimentado lo que sería un mundo sin docentes. Así que ha llegado el momento de pararse a reflexionar por qué los docentes y las docentes importan realmente.

Permítanme darles un ejemplo personal. Mary Waring era mi profesora de geografía en secundaria. Cultivaba un profundo interés por la geografía y la geología que me han acompañado durante toda mi vida y que yo mismo he transmitido a otros, en ocasiones con un entusiasmo casi desmesurado. Sus excursiones para identificar ejemplos concretos de la geografía física nos llevaron hasta la orilla de un río local y a unas canteras próximas donde buscamos rastros de antiguos crustáceos impresos en las rocas. Junto con mi mejor amigo de entonces, decidí ir más lejos, hasta las colinas, recogiendo mis propias muestras, que he guardado desde entonces. Tomé geografía y geología como parte de mis estudios universitarios y únicamente las dejé de lado para dedicarme a la sociología debido a otro profesor universitario igualmente inspirador. Pero he seguido añadiendo elementos a mi colección de rocas y minerales incluso tras alcanzar la edad adulta. Además, he transmitido parte de mi pasión a mis hijos desde pequeños. Mi hija Lucy, también inspirada por su propio profesor de geografía, se hizo geógrafa medioambiental y llegó a convertirse en destacada asesora del Ministerio de Medio Ambiente de Canadá.

Y ayer fue el turno de mi nieta de 6 años en un ejercicio demostrar y contar. Se plantó orgullosa frente a la pantalla de su portátil, agarrando una pequeña roca que había recogido en la orilla del lago. Con ayuda de una lupa, llamó la atención sobre una pequeña marca en la roca. “Esto podría ser un fósil”, dijo. “¿Tienes otros fósiles?”, le preguntó su maestra. “Todavía no, pero mi abuelo tiene montones”, respondió. “Y, cuando sea mayor, quiero ser paleontóloga”. De manera que, este fin de semana, mi esposa y yo nos daremos un paseo en automóvil durante tres horas para intentar encontrar algún lugar donde recoger fósiles y al que podríamos llevar a nuestros nietos antes del inicio del invierno. Toda una historia que empezó con otra docente, la viuda de un encargado de pompas fúnebres que estaba a punto de jubilarse: Mary Waring.

Piense en algún interés que tenga respecto a su trabajo, familia o pasatiempo. Luego considere quién le inició en ello. Es más que probable que fuese algún profesor o profesora. Muchas veces decimos que un buen maestro es quien sigue los intereses de sus alumnos y alumnas. Pero los grandes maestros y maestras también incitan a nuevos intereses, que en ocasiones perduran durante toda la vida, conduciendo a pasiones al llegar a la edad adulta, a opciones profesionales y, lo que es más, que persisten en el transcurso de la vida y se transmiten a las futuras generaciones.

Cuando yo tenía unos 15 años, Mary Waring también nos permitió llevar a cabo proyectos durante el fin de semana sobre temas geográficos que tuvieran un interés personal particular. Un par de años antes había perdido a mi padre. Mi hermano mayor, Peter, intentó sustituirlo de algún modo llevándome a partidos de fútbol o a hacer excursiones épicas a las colinas con apenas mis zapatos escolares. Pero cuando yo tenía 14 años, Peter decidió dejar su trabajo en la fábrica y emigrar en uno de los últimos barcos que zarparon de Liverpool en busca de una vida mejor en Canadá, con la intención de entrar en la Policía Montada (aunque cuando llegó allí, resultó que era una pulgada demasiado bajo). Pensamos que nunca volveríamos a verle. Así que en la portada de mi libro de proyectos sobre Canadá, con sus montañas, bosques, minerales y lagos, figuraba mi dibujo cuidadosamente coloreado de un oficial de la RPMC. Y miren dónde estoy viviendo ahora, al otro lado del Atlántico respecto a donde crecí, como ciudadano canadiense desde hace 25 años. También esto empezó con la Sra. Waring.

Pero Mary Waring no solo era una profesora apasionada por la asignatura que enseñaba. En una inolvidable ocasión, un par de años más tarde, cuando decidí quedarme en casa un par de días sin justificar mi ausencia, para revisar los exámenes de entrada a la universidad, al mediodía acudí a investigar el origen de unos fuertes golpes en la puerta trasera. Pensé que tendría que abrir para dejar entrar al carbonero. Pero al quitar el cerrojo me encontré cara a cara con mi profesora de geografía. No había conseguido que la oyésemos cuando llamó a la puerta principal a causa de la estridente música rock que yo tenía puesta. Cuando entró en nuestro pequeño salón, miró con cierto recelo a la nueva esposa de mi hermano, profusamente maquillada y enfundada en un vestido de terciopelo rojo. Mi cuñada agitó el dedo en el que portaba su anillo de casada, ¡como para dejar bien claro que no era mi novia! Pero Mary Waring sabía muy bien que lo habíamos pasado mal en los años que siguieron a la muerte de mi padre, especialmente después de que mamá sufriese una depresión y terminásemos recurriendo a la asistencia pública. Me comprendía y sabía que yo era una persona con una vida tanto fuera como dentro de la escuela. Así que ni despotricó ni criticó ni trató de convencer a nadie, se limitó a sugerir con la mayor calma que quizás sería una buena idea que volviese al colegio para completar mis estudios allí. Y así lo hice, llegando a obtener el premio escolar en geografía varios meses más tarde.

Eso es lo que muchos docentes hacen. Inspiran a nuestros niños y niñas con nuevos intereses, desarrollan su curiosidad de aprender, dándoles la ocasión de llevar a cabo extensos proyectos que les permitan explorar sus intereses y, en cierta medida, conocerse a sí mismos en profundidad. Y se implican con la totalidad del desarrollo de su alumnado en tanto que seres humanos. Incluso si no eres perfecto y decides abandonar, ese tipo de docentes seguirá a tu lado y te ayudará a volver al camino correcto de nuevo.

Así que resulta una desgracia y algo totalmente vergonzoso que durante más de 20 años, en muchos países, los políticos hayan pensado que podían reducir el gasto gubernamental desinvirtiendo en educación pública y degradando o desalentando a sus docentes. Pensaron que podrían privatizar escuelas y desregular la enseñanza de manera que el cuerpo docente estuviese menos cualificado, menos sindicalizado y menos apoyado, con lo que cambiarían rápidamente de puesto antes de que los salarios empezasen a subir. Y pensaron, y todavía siguen pensando en ocasiones, que el papel del profesorado es prescindible y puede sustituirse con dispositivos digitales. Afirmaban que la educación podía tener lugar en cualquier momento y en cualquier lugar, con o sin docentes. Y creían que unos algoritmos impersonales podrían reemplazar el juicio profesional de un docente o de una docente. Responsables gubernamentales, críticos empresariales y periodistas, y más de un intelectual, promulgaron crudos estereotipos sobre una mala enseñanza que supuestamente estaba arruinando las vidas del alumnado. La docencia presencial se representó con el profesor o profesora dictando clases desde una tarima, en las aburridas aulas de las escuelas de otra época. Esa representación, tan ficticia como las papeletas de voto que supuestamente terminaron en ríos sin nombre, ha sido utilizada para intentar sustituir docentes por enseñanza en línea.

Y de repente, el mayor experimento educativo natural en la historia humana —que ha sacado a cerca de 2000 millones de niños y niñas de la escuela— ha hecho que todo el mundo se replantee la cuestión. ¿Cómo es el mundo sin docentes?

Es un lugar sin una economía, porque los padres y madres no pueden acudir al trabajo si sus hijos e hijas no están en la escuela.

Es un lugar donde los y las adolescentes no pueden reunirse con sus pares, desarrollando su sentido de identidad y responsabilidad lejos de sus familias.

Es un lugar que no puede proteger a la juventud frente al acoso ni impedir que muchos otros se conviertan en acosadores.

Es un lugar que no construye un sentido de comunidad ni enseña a participar en la sociedad.

Es un lugar donde los y las docentes no pueden erigirse en la línea divisoria que separa el orden del caos, donde no pueden intervenir con calma ahí donde surgen conflictos y donde no hay nadie para ayudar a los niños y las niñas a concentrarse cuando se distraen fácilmente.

Un mundo sin docentes es además un lugar donde los niños y las niñas no pueden aprender a expresar sus ideas y a escuchar a otros, a esperar su turno y a valorar las diferencias.

Los docentes y las docentes despiertan nuevos intereses, te muestran la diferencia entre tu primer esfuerzo y tu mejor esfuerzo y te ayudan a alcanzar cotas que nunca hubieras pensado posibles de haber tenido que valerte solo por ti mismo.

Los docentes ayudan a la juventud a aprender sobre el racismo, los prejuicios, el cambio climático y el Holocausto, incluso y especialmente cuando sus padres y madres no lo hacen.

Un mundo sin docentes es un mundo privado de aprendizaje y con mucho menos amor. Aprecien a los maestros y maestras de sus hijos e hijas y recuerden aquellos docentes que marcaron la diferencia en sus propias vidas.

Ya es hora de que nuestros docentes vuelvan, no solo físicamente a las aulas, sino también moralmente, al corazón mismo de nuestras sociedades. Celebremos por tanto el Día Mundial del Docente.

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El 5 de octubre, la Internacional de la Educación celebra el Día Mundial de los Docentes con una transmisión virtual de 24 horas alrededor del mundo. Docentes de todos los rincones se reúnen para compartir lo que han aprendido en su profesión y cómo asegurar que avancemos hacia una educación de calidad, inclusiva y equitativa para todos y todas.

El programa completo, que incluye a docentes del mundo entero, así como presidentes, primeros ministros, ministros de educación, directores de organizaciones internacionales, conocidos periodistas y científicos, un Premio Nobel de la Paz, y muchos otros, está disponible en https://www.5oct.org/es/programa/.

El evento es transmitido en directo a través de todas las plataformas de la Internacional de la Educación, y pueden registrarse aquí.

Todos los enlaces de streaming están disponibles en >www.5oct.org/watch/>, con interpretación en inglés, francés, español, árabe, portugués, ruso y japonés.

¡Súmense a la conversación global!


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Andy Hargreaves

Andy Hargreaves es profesor de investigación en el Boston College, profesor visitante en la Universidad de Ottawa, profesor visitante distinguido en la Universidad de Hong Kong, profesor II en la Universidad de Stavanger y profesor honorario en la Universidad de Swansea. Es ex presidente del Congreso Internacional para la Eficacia y la Mejora de la Escuela, asesor en educación del primer ministro de Escocia y durante 2016-2018 fue también asesor del primer ministro de Ontario.

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