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Photo: vgajic / IStock
Photo: vgajic / IStock

La escuela, los grandes retos que tiene por delante

publicado 22 septiembre 2022 actualizado 23 septiembre 2022
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En su último libro L'école des Lumières brille toujours (ESF 2022), Eirick Prairat presenta los grandes retos que nuestras escuelas tienen por delante. En este artículo aborda dos de ellos, que son relativamente recientes porque aparecieron hace dos décadas: el reto de la posverdad y la urgencia de la vida. También nos propone algunas medidas para hacer frente a estos nuevos y preocupantes retos.

" En un momento en el que hacemos alarde de las palabras de apropiación y de competencia, en el que el conocimiento se mide únicamente por su capacidad de hacer y de transformar, debemos también saber pensar en la educación como adquisición de actitudes que modifican nuestra presencia en el mundo."

El reto de la posverdad

La posverdad va más allá de la mentira. Si el prefijo “pos” indica que hay un “después”, también marca una ruptura cualitativa, como en el caso de la palabra posmodernidad, en la que el prefijo “pos” indica que se va más allá de la modernidad. La posmodernidad no es una continuación, sino otro momento. Si la mentira está en el corazón de todas las sociedades y, en particular, de las totalitarias, que siempre tienden a falsear la realidad, la posverdad que surge y se extiende en los regímenes democráticos es fruto de la difuminación de los límites entre lo verdadero y lo falso. Da fe, como fenómeno nuevo, de una indiferencia por la verdad.

Si, en el orden de la mentira, la verdad conserva un valor normativo, ya que mentir significa hacer todo lo posible para precisamente evitar decir la verdad, en el orden de la posverdad, pierde todo el valor de compartir, ya no cuenta. El relativismo (la idea de que todo vale), presente desde hace tiempo en nuestras sociedades, ya había preparado en gran medida el terreno para la llegada de los hechos alternativos y otras fake news. Pero la posverdad completa este proceso olvidando definitivamente la cuestión de la verdad. “ Lo que el impostor desea no es la verdad, sino el efecto de fascinación y asombro intelectual que produce en sus oyentes o lectores” (Pouivet, L'Éthique intellectuelle). Si la fábula que cuenta decepciona, siempre puede contar otra más extravagante.

Hoy en día, las escuelas tienen que lidiar con una avalancha de declaraciones absurdas, delirios conspirativos y otras divagaciones. La ignorancia sigue ahí, pero ya no está sola. La posverdad es un mal insidioso que se complace en imitar el arte de razonar y amenaza a la escuela en su tarea de transmitir conocimientos. Esta nueva plaga nos invita a reflexionar sobre los contenidos de la enseñanza ya que, antes de ser justa, la escuela debe ser buena, es decir, una institución que enseñe lo que merece ser enseñado para emancipar a las personas.

La posverdad también nos invita a revisar el arte de la docencia. No puede haber enseñanza sin una contribución a las reglas y protocolos epistémicos que prevalecen en la disciplina que se enseña. También hay que enseñar al alumnado a prestar atención a los procesos mentales que pone en práctica cuando razona. No hay pensamiento crítico sin metacognición. Desde hace varias décadas, renombrados psicólogos cognitivos estadounidenses (R. Ammirati, M. Bond, B. A. Mellers, etc.) ejercen presión para que se adopten programas de “pensamiento crítico” en las escuelas.

Hay que enseñar al alumnado a examinar un problema de diferentes maneras, a fundamentar sus afirmaciones con pruebas y a ser capaz de identificar los sesgos cognitivos que siempre pueden amenazar la validez de un razonamiento (sesgo de confirmación, sesgo de intencionalidad, sesgo de encuadre, efecto halo, etc.). El rigor y el ejercicio de la razón se aprenden.

La urgencia de la vida

Si hay realidades que ya no podemos ignorar, estas son las catástrofes climáticas y ecológicas. No están por llegar, sino que ya están aquí. Según un reciente informe de la Organización Meteorológica Mundial, los fenómenos extremos (sequías, tormentas, inundaciones, etc.) se han quintuplicado en cincuenta años. Para hacer frente a este reto, es preciso dar un mayor relieve a dos materias: la educación cívica y la educación artística. Resulta irónico que las materias consideradas de menor valor en la escuela se conviertan en las embajadoras de la revolución cultural que se avecina.

La educación cívica debe abrirse a nuevos interrogantes. ¿Qué fines civilizadores deben asignarse a la técnica? ¿Podemos pensar en un crecimiento sin fin? ¿Qué responsabilidades tenemos con las generaciones futuras? ¿Con otras culturas? ¿Qué relación debemos mantener con los animales y, en términos más generales, con el reino de los seres vivos? ¿Cómo podemos hablar de progreso? Ha llegado la hora de la ecociudadanía. Esta educación cívica renovada debe privilegiar la discusión pautada y la argumentación basada en situaciones concretas.

También es necesario promover la educación artística y cultural, que es una educación en arte y a través del arte. La educación en arte tiene por objeto la adquisición de una cultura artística mediante la exploración de los distintos campos de la creación artística (pintura, música, escultura, teatro, danza, literatura, cine, etc.). Proporciona referencias y conocimientos. La educación a través del arte tiene por objeto desarrollar la creatividad y las capacidades de expresión. Es una educación de la sensibilidad.

La educación a través del arte es, sin lugar a dudas, la mejor escuela para ayudarnos a replantearnos nuestra relación con la alteridad, con todo aquello que es distinto a nosotros mismos y de lo que dependemos para vivir. Se trata de pasar de una conciencia polarizada por el deseo de controlar y dominar a una actitud alentada por el afán de apertura y de acogida. La educación a través del arte nos invita a cultivar la escucha y la disponibilidad.

Saber dejarse emocionar, porque las personas no son solo unos seres que analizan y fabrican, sino que también tienen la capacidad de sentir y recibir. En un momento en el que hacemos alarde de las palabras de apropiación y de competencia, en el que el conocimiento se mide únicamente por su capacidad de hacer y de transformar, debemos también saber pensar en la educación como adquisición de actitudes que modifican nuestra presencia en el mundo.

Este último reto –la urgencia de la vida– se ha convertido quizás en el primero y más importante para nuestra civilización. En efecto, es urgente promover una enseñanza que nos invite a cambiar nuestra visión sobre los seres vivos, que nos invite a renunciar al deseo de “ hacernos dueños y poseedores de la naturaleza” (Descartes). En definitiva, liberarse del patrón de dominación que impregna nuestras formas de ser y pensar, y que coloniza, en lo más profundo de nuestro ser, nuestro imaginario.

Las opiniones expresadas en este blog pertenecen al autor y no reflejan necesariamente ninguna política o posición oficial de la Internacional de la Educación.