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Carta desde Irán: “¡Dejen que mi corazón siga latiendo!”

publicado 9 enero 2009 actualizado 9 enero 2009

Reproducimos en español una emotiva carta de Farzad Kamangar, el docente sindicalista kurdo de 33 años condenado a muerte por el tribunal iraní en un juicio arbitrario. Farzad escribió el texto de la carta desde el corredor de la muerte de la Prisión Evin, en Irán.

La carta original fue traducida al inglés y distribuida por el Comité Internacional contra las Ejecuciones (ICAE).

Para obtener más información sobre el Llamamiento de Acción Urgente de la IE para salvar a Farzad Kamangar visite el sitio: www.ei-ie.org/salvarafarzad

¡Dejen que mi corazón siga latiendo!

Llevo en prisión varios meses. Supuestamente la prisión debía machacar mi voluntad, mi amor y mi humanidad. Supuestamente debía domarme. Estoy retenido en una sala con unos muros más altos que larga es la historia, y que llegan hasta la misma eternidad. Supuestamente debían separarme de la gente a la que amo, de los niños de mi país. Pero todos los días, a través la diminuta ventana de mi celda, he viajado a lugares lejanos y me he sentido entre ellos y como ellos. Y ellos, a su vez, han visto el reflejo de sus lamentos encarcelados en mí. La prisión ha estrechado nuestros lazos. Supuestamente, la oscuridad de la prisión debía borrar de mi mente el significado del sol y la luz, pero mis pensamientos han volado más lejos en la oscuridad y el silencio. Supuestamente, la prisión debía obligar a mi mente a consagrar el tiempo y su valor al olvido. Pero aquí he revivido los momentos que viví fuera de la prisión y he dado nacimiento a un nuevo “yo” para elegir un nuevo camino.

Como los que estuvieron encarcelados antes que yo, también he abrazado sin reservas cada humillación, cada insulto y cada crueldad que se dirigió hacia mí, esperando ser la última persona de una generación atormentada que haya tenido que soportar la oscuridad del encarcelamiento con la ferviente esperanza de ver un nuevo amanecer.

Un día me tacharon de “agresivo” por hacer la guerra contra su “Dios”. La soga de la justicia ya estaba anudada, lista para quitarme la vida. Y desde ese día he estado esperando con desgana mi ejecución.

Pero he decidido, con todo mi amor por mis compañeros seres humanos, que si voy a perder la vida, envíen todos mis órganos a aquellas personas que puedan mantenerla al recibirlos. Y dejen que mi corazón, con todo el amor y la pasión que lleva dentro, sea donado a un niño o una niña. No importa dónde esté: en las orillas del Kaaroon, las faldas del Monte Sabalaan, los bordes del Desierto del Este; o a un niño o una niña que contemple el amanecer desde los Montes Zagros. Lo único que quiero es que mi corazón rebelde e impaciente siga latiendo en el pecho de un niño o una niña que, todavía más rebelde que yo, revele sus deseos infantiles a la luna y las estrellas, y los ponga de testigos para que no los traicione cuando se convierta en adulto. Lo único que quiero es que mi corazón siga latiendo en el pecho de alguien que pierda la paciencia por el hecho de que los niños se acuesten hambrientos; alguien que mantenga vivo en mi corazón el recuerdo de Haamed (mi estudiante de dieciséis años), que escribió “ni siquiera mi más pequeño deseo se cumplirá en esta vida”, y se ahorcó. Dejen que mi corazón siga latiendo en el pecho de alguien, no importa el idioma que hable. Lo único que quiero es que sea el hijo o la hija de un trabajador con las manos encallecidas cuya rudeza pudiera mantener vivas las chispas de rabia contra las desigualdades de la vida. Dejen que mi corazón siga latiendo en el pecho de un niño o una niña que en un futuro próximo se convierta en profesor de alguna zona rural, a quien los niños saluden todas las mañanas con una encantadora sonrisa y con quien compartan todas sus alegrías y sus juegos. Y entonces, que los niños no conozcan el significado de palabras como pobreza y hambre, y que los términos “prisión”, “tortura”, “opresión” y “desigualdad” no tengan ningún significado en su mundo. Dejen que mi corazón siga latiendo en un pequeño rincón de su inmenso mundo. Pero tengan cuidado con él, porque es el corazón de una persona lleno de historias sin contar de la gente de su país, cuyas vidas están llenas de dolor y sufrimiento. Dejen que mi corazón siga latiendo en el pecho de un niño o una niña para que una mañana pueda llorar hasta inundar mis pulmones en mi lengua materna (curdo): Quiero convertirme en una brisa que lleve el mensaje del amor de toda la humanidad a todos los rincones de este inmenso mundo.

Farzad Kamangar Paciente de la Sala de Enfermedades Infecciosas Prisión: Rajaa'i Shahr Prison, Karaj 25 de diciembre de 2008 Escrita originalmente el 22 de diciembre de 2008 Sala de Seguridad 209 Prisión Evin Irán