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“Ya es hora de poner fin al odio y a la intolerancia y que los docentes asuman el liderazgo”

por: Fernando M. Reimers publicado 2018-10-31 actualizado 2018-11-13

por Fernando M. Reimers

Tengo el corazón roto y estoy preocupado.

Tengo el corazón roto porque el sábado pasado, mientras los miembros de la congregación Árbol de la Vida de Pittsburgh celebraban el Sabbat, un hombre armado irrumpió en el Templo y disparó sobre los que se encontraban allí al mismo tiempo que profería declaraciones antisemitas. Acabó con la vida de once personas que habían venido a celebrar el día sagrado e hirió a cuatro policías que acudieron para ayudar a los que habían sido disparados, así como a otros dos miembros de la congregación. Tengo el corazón roto por los que recibieron los disparos, y por sus familias, porque su dolor es nuestro dolor, en un país que fue fundado bajo la promesa de que no daríamos “permiso a la intolerancia, ayuda a la persecución”, según las palabras que George Washington dirigió a la congregación hebrea de Newport, Rhode Island, en 1790. El crimen de odio demuestra a día de hoy que no hemos sido capaces de mantener la promesa de Washington de que “cada uno de ellos pueda sentarse seguro bajo su propia viña e higuera y nadie pueda allí asustarlo”.

Pero también estoy preocupado, porque ese crimen de odio no es un incidente aislado. Hace tan solo una semana, otro hombre asesinó a dos hombres afroamericanos en un supermercado Kroger de Kentucky, después de haber intentado entrar minutos antes del tiroteo en una iglesia cercana de gente predominantemente negra. A principios de la semana, otro hombre envió bombas de fabricación casera a personalidades demócratas destacadas y a la redacción de CNN. Estos acontecimientos se añaden a la tendencia bien documentada al aumento del número de crímenes de odio y por prejuicios en Estados Unidos a lo largo de estos dos últimos años, según informan el Centro legal para la pobreza sureña, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles y la Liga Antidifamación (ADL) en varios informes recientes. La publicación anual de la ADL, por ejemplo, en su Auditoría anual de incidentes antisemitas, “reveló que el número de incidentes antisemitas en EE.UU. había aumentado un 57% en 2017 –el mayor incremento anual registrado y la segunda cifra más alta dada a conocer desde que la ADL comenzó a hacer un seguimiento de esos datos en 1979. El fuerte incremento se debió en parte a un aumento significativo de los incidentes en las escuelas y campus universitarios, que casi duplicaron por segundo año consecutivo”. (ADL 2018).

Es también preocupante la cantidad de formas de expresión abiertamente antisemitas, como pueden ser la resolución propuesta por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos de financiar una agencia de adopción de Carolina del Sur que niega a los padres de acogida judíos el derecho a adoptar niños, o bien la creciente actividad, a menudo violenta, de los grupos de defensa de la supremacía blanca en las manifestaciones que tienen lugar en los campus universitarios, como en la Universidad de Virginia hace un año, y en las ciudades, como en Washington, DC.

El aumento del antisemitismo y la intolerancia no es exclusivo de Estados Unidos. En Europa, especialmente en Francia y Alemania, ha ido creciendo un odio similar. Este aumento del antisemitismo, el racismo y la intolerancia está ocurriendo al mismo tiempo que van creciendo los movimientos populistas nacionales, que desafían el respeto de los derechos humanos y las instituciones democráticas.

La democracia está en peligro

Un estudio reciente sobre la caída de los regímenes democráticos, y un análisis de los riesgos de una caída de la democracia estadounidense, sostiene que las democracias contemporáneas se desintegran constitucionalmente, no como resultado de golpes militares, según ocurrió en algunos casos en el pasado, sino porque los líderes electos utilizan los instrumentos del proceso democrático para restringir progresivamente la libertad, así como los controles y equilibrios democráticos (Levitsky y Ziblatt, 2018). En el análisis que realizan sobre cómo mueren las democracias, Levitsky y Ziblatt sostienen que hay dos normas específicas que son esenciales para mantener el orden democrático: la tolerancia mutua (la aceptación de aquellos que tienen opiniones diferentes) y el autocontrol por parte de aquellos que son detentores del poder político en cualquiera de los poderes del gobierno. Estas normas son, considero, el resultado directo de lo que las instituciones educativas hacen, o no logran hacer.

No es por casualidad, por ejemplo, que uno de los primeros objetivos de Hitler para iniciar el proceso de “otredad” cuando subió al poder fueran las escuelas y las universidades. Hitler vio a los académicos y docentes como un enemigo que se resistiría a sus intentos de imponer una ideología de supremacía racial. Una vez nombrado Canciller, se hizo con el control del programa universitario para eliminar la educación en humanidades y del nombramiento del profesorado y líderes universitarios, y despidió a los profesores que eran judíos, socialdemócratas o liberales. Los académicos que se pronunciaban en contra del régimen eran llevados a campos de concentración. Muchos profesores y administradores se convirtieron en colaboradores del régimen nazi y alinearon la docencia y la investigación con los esfuerzos de crear una sociedad basada en la supremacía blanca. Muchos académicos alemanes se marcharon al exilio.

Una edición reciente de la revista Foreign Affairs [Relaciones Exteriores] refleja en el título de un dossier especial “¿La democracia está muriendo?” una duda y una preocupación que se plantean cada vez más en los círculos académicos y políticos en respuesta a la reciente oleada de elecciones alrededor del mundo en las que los líderes populistas, que han defendido unas ideas claramente antidemocráticas, han sido elegidos.

La encuesta más reciente de Freedom House [Casa de la Libertad] sobre el estado de la democracia en todo el mundo concluye que la democracia se enfrenta a su crisis más grave de las últimas décadas, ya que sus principios fundamentales –la celebración de elecciones libres y justas, los derechos de las minorías, la libertad de prensa y el estado de derecho– están siendo atacados en todo el mundo. El año pasado, 71 países sufrieron un deterioro de los derechos políticos y las libertades civiles, mientras que solo 35 experimentaron una mejora. Esto hace que 2017 haya sido el duodécimo año consecutivo durante el cual disminuyó la libertad mundial. El informe indica que Estados Unidos dejó de ejercer su papel tradicional de defensor y modelo de la democracia, puesto que en Estados Unidos los derechos políticos y las libertades civiles se están deteriorando (Freedom House, 2018).

Este declive democrático mundial es el más grave desde el ascenso de los fascismos en los años 30 (Inglehart, 2018). Comprende el aumento del populismo y de los movimientos autoritarios y xenófobos en Francia, Alemania, los Países Bajos, Suecia y el Reino Unido (Ibíd.). El análisis que realiza Inglehart del retroceso mundial de la democracia lo atribuye a una reacción contra la inmigración y el aumento de la igualdad racial, y a la disminución de la seguridad laboral. “Pero si el mundo desarrollado sigue en su curso actual, la democracia podría marchitarse. Así como no hay nada inevitable en el declive de la democracia, tampoco hay nada inevitable en su resurgimiento” (Inglehart, 2018, 20).

Junto con la disminución del apoyo a las instituciones democráticas y al aumento de la “otredad” y los ataques a los derechos de algunos grupos, los movimientos populistas en ascenso están socavando el valor de la razón y de las instituciones que la potencian, como la ciencia y la educación. Los debates políticos ahora incluyen referencias a hechos ‘alternativos’, y algunos políticos cuestionan el valor de la educación. En la última campaña presidencial, el candidato Donald Trump hizo virtud de la falta de educación de algunos de sus partidarios: “Me encantan los incultos”, dijo en varios mítines de campaña.

Michael Hayden, ex director de la Agencia Central de Inteligencia, ha advertido de los peligros que plantea este ataque a los hechos y la inteligencia para la seguridad nacional de EE.UU. (2018):

“No fue casualidad que en 2016 el Diccionario Oxford eligiera “post-truth” (post-verdad) como la palabra del año, una situación en la que los hechos son menos influyentes que la emoción y las creencias personales a la hora de forjar una opinión. Para adoptar la forma de pensar de la post-verdad hay que apartarse de las ideas de la Ilustración, dominantes en occidente desde el siglo XVII, que valoran la experiencia y los conocimientos, el carácter central del hecho, la humildad ante la complejidad, la necesidad de estudio y el respeto de las ideas. El presidente Trump refleja y aprovecha este tipo de pensamiento” (Hayden 2018).

Por qué los docentes deben asumir el liderazgo a la hora de hacer frente al antisemitismo y el racismo

Hacer frente a los ataques más visibles contra los derechos humanos que son consecuencia del antisemitismo, el racismo y otras formas de odio, cuando estos se producen, requiere los conocimientos especializados y la organización de los agentes del orden. Impedir este odio desde sus raíces, sin embargo, requiere unas medidas más profundas y tempranas en el seno de las comunidades y las escuelas. Aunque puede ser tentador atribuir el aumento actual del antisemitismo a las condiciones políticas inmediatas, como el carácter extremadamente polarizado de nuestros políticos o el liderazgo deficiente del presidente Trump, puesto que ha sacado partido de las divisiones y la intolerancia y las ha exacerbado, las raíces de nuestra difícil situación actual son más profundas. Del mismo modo, la gravedad de este desafío no puede subestimarse atribuyéndola a unos pocos individuos perturbados en un país en el que es fácil tener acceso a las armas.

Aunque estos factores probablemente desempeñan una función, no constituyen el origen del antisemitismo en Estados Unidos o en Europa. Las raíces son más profundas e incluyen a las comunidades en donde la segregación limita las oportunidades de que los niños de diferentes creencias religiosas puedan unirse y aprender acerca de su humanidad común, así como apreciar sus diferencias religiosas. Además de la segregación y el aislamiento geográficos, las raíces del antisemitismo incluyen a los líderes religiosos, cívicos y políticos que propagan ideas antisemitas, y a las comunidades que incitan al odio, que reclutan cuidadosamente y adoctrinan a personas a las que hacen avanzar a lo largo de la pirámide del odio hacia unas expresiones de odio más abiertas y violentas. Y estas raíces incluyen, sobre todo, a las escuelas y universidades que han eludido su responsabilidad de ayudar a los estudiantes a aprender a vivir en una sociedad de diversidad religiosa, a apreciar dicha diversidad, a reconocer el antisemitismo y otras formas de intolerancia, y a hacerles frente y frenarlos cuando se los encuentran en su camino.

En Estados Unidos, a pesar de tener un programa de estudios que puede brindar de manera eficaz a todos nuestros estudiantes la oportunidad de recibir una buena educación para poder reconocer y detener el antisemitismo y otras formas de intolerancia, como los programas proporcionados por la organización Facing History and Ourselves [Enfrentándonos a la historia y a nosotros mismos] o Tolerance Curriculum of the Southern Poverty Law Center [Programa de estudios sobre la tolerancia del Centro Jurídico para la Pobreza del Sur], hay vastas regiones, distritos escolares enteros, en donde los estudiantes ven negadas sistemáticamente dichas oportunidades de aprender a cumplir la promesa que hizo George Washington in Newport in 1790 con respecto a la libertad religiosa. Este problema puede solucionarse en poco tiempo. Tenemos que formar una coalición de cabildeo para garantizar que todos los estudiantes de Estados Unidos tengan la oportunidad de aprender a aceptar, respectar y amar a aquellas personas de otras religiones, y a no odiarlas, que incluya a nuestros dos sindicatos docentes principales, el Consejo de Funcionarios Jefes de Escuelas Estatales, los departamentos de educación y las agencias policiales que investigan los grupos que incitan al odio, el Congreso, los grupos de comunicación y otros sectores.

No tenemos que esperar a que venga alguien a hacer este trabajo por nosotros. La democracia no es, al fin y al cabo, un deporte de espectadores. Cada uno de los que trabajamos en el ámbito de la educación podemos empezar a partir de donde estamos, en nuestras respectivas esferas de influencia, promoviendo un programa de estudios que prevenga explícitamente el antisemitismo y otras formas de intolerancia, identificando las deficiencias de las instituciones educativas que se encuentran bajo nuestro control y tendiendo la mano a los demás, con el fin de poder de este modo hacer, juntos, lo que se encuentra a nuestro alcance para cerrar estas brechas que son tan relevantes para nuestra democracia. Deberíamos desarrollar y dar a conocer sin demora mapas de cada distrito escolar del país que detallen las oportunidades disponibles para que los estudiantes y los docentes tengan acceso a dichos recursos y que contengan información relevante orientativa del odio y la intolerancia para poder identificar claramente las regiones del país en las que la educación cívica es más necesaria.

Adoptar medidas para realizar este trabajo, no mañana, sino hoy, es un paso esencial para empezar a poner fin al odio en Estados Unidos y Europa, y los docentes deberían liderar este proceso de educación cuya finalidad primordial es enseñar a las personas a valorar la diferencia y aprender a trabajar juntas más allá de las líneas que nos diferencian, como se indica en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (artículo 26).

Durante el último año, he estado trabajando con redes de líderes docentes de todo el mundo en el desarrollo de un programa de estudios en consonancia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU[1]. En este trabajo con los docentes, a menudo oigo tres reacciones de los participantes:

  1. Desarrollar este programa de estudios y discutir con los compañeros cómo enseñar los derechos humanos es sumamente motivador. Está en consonancia con las razones por las cuales elegí dedicarme a la docencia, que eran ayudar a mis estudiantes a construir un mundo mejor.
  2. Realizar este trabajo, como parte de una estructura y una red bien respaldada, es factible y está a nuestro alcance, y es más fácil de lo que había imaginado.
  3. Por lo general, esta forma de colaboración entre docentes para producir un programa de estudios riguroso y de gran calidad, en consonancia con una visión esperanzadora para nuestros estudiantes, nuestras sociedades y para el mundo, no es frecuente en las escuelas.

Al observar el aumento del antisemitismo, el racismo y otras formas de odio, las palabras del superviviente del Holocausto Elie Wiesel tienen gran relevancia para todos, pero especialmente para los docentes:

“Juro que nunca voy a permanecer en silencio, cuando haya y donde haya seres humanos que soportan el sufrimiento y la humillación. Tenemos que tomar partido”.

Nota del autor: Este ensayo es una compilación del ensayo que escribí y publiqué anteriormente “It is time to Stop Hate in America” [Ya es hora de poner fin al odio en Estados Unidos] y de secciones de mi introducción al libro “Learning to Collaborate for the Global Common Good” [Aprender a colaborar para el bien común mundial].

Referencias

Liga Antidifamación, Auditoría de incidentes antisemitas. https://www.adl.org/resources/reports/2017-audit-of-anti-semitic-incidents

Freedom House [Casa de la Libertad]. Libertad en el Mundo 2018: Democracia en Crisis.

https://freedomhouse.org/report/freedom-world/freedom-world-2018

Michael Hayden, “The End of Intelligence,” [El final de la inteligencia] The New York Times, 29 de abril de 2018.

Ronald Inglehart, “The Age of Insecurity. Can democracy save itself?” [La edad de la inseguridad. ¿La democracia puede salvarse a sí misma?], Foreign Affairs. Mayo/junio de 2018. Páginas 20-28.

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias. (Nueva York: Crown

Publishing, 2018).

Fernando Reimers et al., Empoderando a ciudadanos globales. (Charleston, SC:

CreateSpace, 2016).

Fernando Reimers et al., Empoderar a los estudiantes para la mejora del mundo en sesenta lecciones. (Charleston, SC: CreateSpace, 2017).

Timothy Sneider, On Tyranny [Sobre la tiranía] (Nueva York: Tim Duggan Books, 2017).

George Washington, Letter to Moses Sexas [Carta a Moses Sexas], 17 de agosto de 1790.

http://www.mountvernon.org/digital-encyclopedia/article/moses-seixas/

Fernando M. Reimers es profesor de Práctica de la Educación Internacional en la Fundación Ford y Director de la Iniciativa Global de Innovación Educativa y del Programa de Política Educativa Internacional de la Universidad de Harvard. Está interesado en promover la comprensión de la manera en que las escuelas pueden empoderar a los estudiantes para que puedan participar cívicamente y económicamente, así como ayudar a lograr los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Su investigación actual se centra en la innovación educativa y en el impacto de la política educativa, el liderazgo y el desarrollo profesional de los docentes sobre la educación que apoya el desarrollo integral de los niños y los jóvenes.

[1]Hay dos publicaciones recientes que presentan este trabajo. La primera, una publicación de la Fundación de la Asociación Nacional de la Educación titulada ‘Twelve Lessons to Open Minds to the World’ [Doce lecciones para abrir las aulas al mundo], fue elaborada por un grupo de 50 docentes destacados; la segunda, ‘Cittadinanza globale e sviluppo sostenibile’[Ciudadanía global y desarrollo sostenible] fue elaborada por un grupo de docentes que forman parte de la Rete Dialogue[Red de diálogo], una red de docentes de Italia que se centra en la enseñanza de los derechos humanos y el fomento de la tolerancia. En colaboración con mis estudiantes de posgrado, ofrecemos unos enfoques curriculares adicionales que están en consonancia con los Derechos Humanos y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU: Empowering Global Citizens [Empoderando a ciudadanos globales], Empowering Students to Improve the World in Sixty Lessons [Empoderar a los estudiantes para la mejora del mundo en sesenta lecciones]yLearning to Collaborate for the Global Common Good [Aprendiendo a colaborar para el bien común universal]. He puesto estos recursos disponibles en línea gratuitamente y los ministerios de educación de Argentina y México los han incluido en portales destinados a los docentes para apoyar a las comunidades de aprendizaje en el desarrollo de la capacidad de los docentes para que hagan que la educación sea más pertinente a las necesidades de nuestros tiempos.

Las opiniones expresadas en este blog pertenecen al autor y no reflejan necesariamente ninguna política o posición oficial de la Internacional de la Educación.