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Una solución sencilla para la educación

“El único gran problema con la comunicación es la ilusión de pensar que ha tenido lugar”. - George Bernard Shaw

publicado 1 febrero 2022 actualizado 22 febrero 2022
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El 24 de enero celebramos el Día Internacional de la Educación.

En estos tiempos sin precedentes, al comienzo del tercer año de una pandemia, me siento orgulloso de ser profesor. Estoy agradecido de tener un trabajo que me encanta y de influir positivamente en el día a día de mis estudiantes.

Además, soy consciente de que no tengo “derecho” a contar con un puesto de trabajo, y de que no todo el mundo ha podido trabajar o hacerlo de forma continua. También sé que no a toda la gente le apasiona su trabajo. No es una experiencia generalizada. Aparte de las grandes empresas, las tecnológicas y las cadenas o supermercados de gran tamaño, no se me ocurre ningún rango de edad, profesión o grupo socioeconómico que no se haya visto afectado negativamente por la COVID. Esta nueva ola nos está desesperando incluso a los más resilientes. Algunos luchan contra el dolor; otros, simplemente para salir adelante. Hay quien lucha para superar el día a día y quien lo hace por respirar.

Gestionar unas expectativas elevadas

La vida del docente no es ninguna excepción. Las exigencias que se han impuesto a nuestra profesión han sido apabullantes. Las expectativas hacia el profesorado y las cargas de trabajo han aumentado de forma radical. Estamos intentando encontrar el equilibrio entre educar, a través de clases interesantes, y proteger al alumnado, a nosotros mismos y a nuestras familias. Escuchamos información en los medios de comunicación sobre nuestros alumnos y alumnas, las aulas, las horas que trabajamos y los protocolos sanitarios sin que tengan la cortesía de incluirnos en la planificación y en la toma de decisiones que afectarán a nuestro alumnado, clases y centros escolares.

Estos factores de estrés añadidos han provocado un aumento en el síndrome del trabajador quemado en el profesorado, que se ha traducido en una escasez de profesionales sustitutos y ha obligado a los departamentos educativos a redefinir lo que es, en realidad, un “sustituto” o “sustituta”. Sí, sé que la docencia no es la única profesión en primera línea que ha tenido que hacer sacrificios, y también se están viendo éxodos masivos en otros ámbitos fuera de nuestra profesión por culpa de estas expectativas y directrices imposibles.

La expectativas con respecto al profesorado se han descontrolado y nos hemos mantenido en relativo silencio por orgullo, comprensión, miedo o sentido del deber. Orgullo porque sabemos que, sea cual sea la situación, podemos ayudar a nuestro alumnado y a nuestras comunidades. Comprensión porque somos conscientes de que todos estamos luchando en cierto modo, muchos en peor situación, así que decidimos liderar a través de nuestras acciones. Miedo porque no sentimos comodidad cuando nos extralimitamos al hablar, no queremos que piensen que no “jugamos en equipo”. Sentido del deber porque apoyamos a nuestro alumnado y a nuestras comunidades con la esperanza de construir un futuro mejor que sea inclusivo, equitativo y sostenible.

Lo que no podemos y no deberíamos tener que gestionar es la sorpresa a cada paso, las directrices que no paran de cambiar, las iniciativas de recopilación de datos que afectan a nuestra enseñanza y al aprendizaje del alumnado. Este desconcierto, que suele iniciarse en una rueda de prensa, afecta directamente a cómo, cuándo y dónde desempeñamos nuestra labor. Y resulta especialmente irritante que quienes decidan estos cambios sean personas que no entienden ni lo más mínimo lo que supone ser docente en una escuela.

“Los gobiernos tendrían que implicar al profesorado del mismo modo que este se comunica con el alumnado y lo empodera mediante su participación en el desarrollo de la cultura y los protocolos del aula, dándole voz, capacidad de elección y autonomía”.

Estamos haciendo un esfuerzo por confiar en nuestros políticos y líderes en muchas jurisdicciones, por lo que la credibilidad brilla por su ausencia. Por desgracia, los líderes políticos como la primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, parecen ser la excepción y no la regla en estos tiempos. Canceló sus planes de boda después de anunciar el último confinamiento por culpa de la Covid, y creo que sí cumplirá con su palabra. En cambio, su homólogo británico celebró fiestas en el jardín y hasta su cumpleaños mientras imponía cierres a los ciudadanos. Esto me enfadó bastante. De hecho, me puse hecho una furia cuando pensé en la cantidad de niños que no han podido celebrar momentos importantes con nadie en demasiadas ocasiones o han tenido que renunciar al deporte, la música y las actividades sociales, o en quienes lo han pasado mal por no poder despedirse de sus seres queridos. No me extraña que la gente esté frustrada.

El profesorado tiene un fuerte sentido del deber. Es nuestra obligación modelar aspectos como la inclusión, la equidad, la integridad y la honestidad, que queremos que nuestro alumnado desarrolle. Somos conscientes de la importancia de demostrar ese tipo de carácter a las personitas que nos ven a diario. Son estudiantes con nombres, necesidades, esperanzas y sueños. Por eso, vamos a trabajar en silencio, sacrificando nuestra propia salud, así como nuestras relaciones, porque todos entendemos que respetar los protocolos e indicaciones sanitarias implica que tanto nuestro colectivo como el estudiantil esté en contacto con demasiada gente. Mantener la distancia es imposible en aulas con el aforo completo, conseguir que todo nuestro alumnado lleve puesta la mascarilla constantemente es poco realista y vuelve a demostrar una falta total de entendimiento.

Los niños y niñas dependen de rutinas, rituales y estructuras. Se apoyan en el hecho de que las aulas cuenten con directrices y normas que puedan explorar y probar, con las que pueden vivir. En una situación normal, se establecen protocolos en las aulas que se desarrollan en colaboración con los estudiantes, en el marco de la estructura escolar. Se hace así porque es una buena lección de civismo, y sabemos que la participación de nuestro alumnado es crucial para un funcionamiento adecuado de las aulas. Creamos una cultura en las clases, pero ahora no es raro observar que intentamos buscar excusas para las decisiones que no tomamos y que, en ocasiones, no tienen ninguna lógica.

Pensábamos que, ya en la quinta ola, podríamos haber tenido claro que las acciones, las palabras y nuestro contrato social importan.

El camino hacia el liderazgo y el empoderamiento

En esta celebración del cuarto Día Internacional de la Educación, creo que contamos con una solución. Es tan sencilla que casi no parece plausible ni posible.

Los gobiernos tendrían que implicar al profesorado en todos los aspectos relacionados con la educación del mismo modo que este se comunica con el alumnado y lo empodera mediante su participación en el desarrollo de la cultura y los protocolos del aula, dándole voz, capacidad de elección y autonomía. Cuando hablo de comunicación, me refiero a un proceso transparente, sin intenciones ocultas (es decir, con sinceridad). Y por empoderar me refiero a tratarnos como la fuerza laboral formada y profesional que somos y a confiar en que sabemos cómo llevar a cabo nuestro trabajo sin necesidad de políticas y medidas de control de la responsabilidad constantes centradas en los datos.

El profesorado se esfuerza al máximo para formar a los ciudadanos y ciudadanas del presente y el futuro. Nos tomamos muy a pecho esa responsabilidad. Confiamos en que el gobierno comparta nuestro objetivo de conseguir un sistema educativo inclusivo y equitativo que prepare a los niños y niñas para adentrarse en un mundo democrático y sostenible, además de lidiar con él. El gobierno y el profesorado deben tirar del carro juntos y en la misma dirección si queremos conseguirlo. No podemos dejar que esto se convierta en el mito de Sísifo. Y, para ello, la comunicación resulta clave.

El profesorado necesita empoderarse para llevar a cabo su labor de una forma adecuada. Con las herramientas y recursos para llevar a cabo nuestro trabajo, podemos personalizar y contextualizar la educación de nuestro alumnado. Lo cierto es que, incluso antes del comienzo de la pandemia, la comunicación se dirigía al profesorado, al alumnado, a los y las líderes de centros escolares, a las escuelas. Nuestro trabajo consistía en marcar casillas. El resultado ha sido un sistema que se basa en los datos. La percepción es que, si se han marcado todas las casillas, está funcionando y el aprendizaje ha sucedido. No refleja las realidades de nuestros alumnos y alumnas ni las de las comunidades donde viven; tampoco es una muestra del aprendizaje holístico que está sucediendo en nuestras aulas.

“Nos hace falta más que un mero reconocimiento de las presiones únicas a las que se enfrentan los docentes. Necesitamos una colaboración y una comunicación reales entre nuestros líderes y los miembros de esta profesión”.

La Comisión sobre los futuros de la educación de la UNESCO presentó un informe en noviembre de 2021 titulado Reimaginar nuestro futuro juntos: un nuevo contrato social para la educación. En este documento afirman lo siguiente: “Con demasiada frecuencia, son personas muy ajenas a las escuelas o las aulas quienes toman las decisiones sobre lo que pasa en ellas, con poco diálogo, interacción o círculos de retroalimentación significativos. Para el futuro de la educación, esto tendrá que cambiar; se deberá considerar a los y las docentes líderes e informantes vitales en el diálogo, las políticas y el debate público sobre el futuro de la educación. La implicación del profesorado en estos aspectos debe incorporarse al acuerdo compartido que la define como una función fundamental de lo que significa ser docente; su participación a la hora de forjar un nuevo contrato social para la educación ha de considerarse clave”.

Cuando empezó la pandemia de Covid-19, me preguntaba si habíamos dado un giro y los gobiernos de todo el mundo por fin iban a querer trabajar con el profesorado para construir un presente y un futuro mejores. Pero me equivocaba en gran medida. Solo en unos pocos lugares se está apreciando una voluntad auténtica de trabajar y colaborar.

Alejarse del statu quo en la reconstrucción

Durante la primavera de 2020, el profesorado hacía lo que mejor se le da, como aparcar el miedo, proteger a sus clases ante obstáculos y retos externos y centrarse en el alumnado que tenía delante. El resultado fue una mejora en el desarrollo profesional, un aumento en lo que se compartía online, ideas innovadoras para servir de parche ante el cierre de las escuelas hasta que se pudiera volver a las aulas. La llama había prendido.

Pero la educación se había mirado de frente al espejo y no le gustaba lo que veía. Resultaba evidente que en los cimientos de nuestro sistema estaba la buena voluntad del profesorado para dar siempre un poco más; profesionales con sentimiento de culpa por no actuar como superhéroes en cada ocasión. El aprendizaje online demostró que la desigualdad constituía un problema mayúsculo en nuestras escuelas y que la docencia era, de hecho, un trabajo muy complejo. El mundo se dio cuenta de la enorme distancia que separaba a algunos sistemas educativos de las escuelas locales. Ese castillo de naipes en cuya base encontramos la benevolencia colectiva de mucha gente desinteresada se venía abajo. Fue toda una conmoción para muchos, aunque no para el profesorado ni los y las líderes de centros educativos.

La ingenuidad me llevó a creer que el primer confinamiento de 2020 nos iba a conceder tiempo para empezar de cero. Esperaba que pudiéramos reorientarnos, conectar con el alumnado de otra forma, sobre todo en un momento en el que teníamos estudiantes de todo el mundo que nos preguntaban: “¿Por qué hago esto si no va a haber examen?”. No les motivaba la razón adecuada porque la base del sistema eran las pruebas estandarizadas. No entendían que la educación y el aprendizaje pueden y deberían ser algo más; estaban atrapados en un sistema que premia solo a unos pocos. Necesitamos reconstruir el contrato social con nuestro alumnado y comunidades en todas partes.

Creo que nos enfrentaremos a tres crisis por culpa de la pandemia de covid.

La primera es una crisis de identidad y dirección en todos los fueros educativos. Se lleva gestando mucho tiempo, pero nos toparemos de bruces con ella queramos o no. Nos exigirá replantearnos el propósito de la educación, la existencia de una educación pública sólida que sea inclusiva y equitativa para todos frente a la educación privada para unos pocos, así como tomar decisiones sobre el papel que desempeñarán las tecnologías digitales. La segunda es una crisis de la salud mental que sufrirán docentes, estudiantes y comunidades, y cuyo verdadero impacto no empezará a notarse hasta dentro de unos años. La tercera conllevará un éxodo masivo del profesorado y la incapacidad de contratar a más docentes por culpa de unas expectativas poco realistas y una falta de control sobre el diseño y la implementación de dichas expectativas. Esto provocará que en muchos lugares se apliquen medidas tibias para poner a cualquiera a dar clase en lugar de a los y las profesionales que se necesitan para ello. Por desgracia, será el profesorado más entregado, creativo e innovador el que se marche. Me pregunto si quienes nos lideran entienden las repercusiones de esta situación. ¿Acaso les importa? ¿Consideran que la educación es una inversión en nuestro futuro o un gasto del que pueden deshacerse a cambio de votos? O, aún peor, ¿privatizarán la educación para hacer más ricos a sus amigos sin tener el cuenta el impacto que esto tendrá en nuestras comunidades y democracias?

A diario tengo que interactuar con mucha gente; es inevitable. La culpa que sentí al intentar respetar un sistema burbuja, imposible de conseguir desde el principio, nos sigue persiguiendo a mí y a mis compañeros y compañeras de profesión de todo el mundo. En los centros escolares, las directrices estaban en vigor principalmente para la percepción pública de seguridad y nada más. Ahora podemos observar el resultado en Estados Unidos y en otros lugares donde muchas escuelas no cuentan con personal suficiente para seguir abiertas. Ninguno queríamos contagiarnos de Covid-19 ni pasárselo a nuestros seres queridos, padres, hijos/as, parejas, amigos/as o alumnado. Pero, al mismo tiempo, no nos apetecía dejar solo a nuestro alumnado ante estos nuevos retos sin que nadie escuchara sus miedos. En algún momento de los últimos dos años, todos los profesores y profesoras se han visto entre la espada y la pared, y han tenido que tomar decisiones complicadas sobre cómo proceder. Lo mismo ha sucedido con los líderes escolares, padres y madres, personal de primera línea y profesionales de la sanidad.

Nos hace falta más que un mero reconocimiento de las presiones únicas a las que se enfrentan los docentes. Necesitamos una colaboración y una comunicación reales entre nuestros líderes y los miembros de esta profesión. Sin embargo, estamos siendo testigos de una vuelta al statu quo, con una mayor recopilación de datos para demostrar lo bien que están funcionando sus decisiones y cómo están protegiendo a nuestros niños y niñas. Por otra parte, creo que el aprendizaje online es un oxímoron y, lo que es peor, se ha convertido en la panacea, un remedio mágico al que recurren rápidamente los gobiernos. Está aumentando la división entre los que tienen y los que no.

Hace falta llevar a cabo cambios radicales y transformadores en cuanto a nuestra forma de tomar decisiones en el sector educativo, cómo se dirige al profesorado y cómo se percibe la profesión si queremos hacer lo mejor para nuestro alumnado, nuestras comunidades y nuestro futuro.

Esto no sucederá si la comunicación sincera y el empoderamiento docente son meras ilusiones.

Las opiniones expresadas en este blog pertenecen al autor y no reflejan necesariamente ninguna política o posición oficial de la Internacional de la Educación.