Hablar del suicidio en la escuela: una urgencia educativa
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Algo salió mal
Son casi las dos de la madrugada del domingo al lunes, estamos a principios de abril. No puedo dormir y no dejo de dar vueltas en la cama. Vencida por el insomnio, enciendo el teléfono para distraerme. Menos de un minuto después, un número desconocido—que sin duda ha visto que estaba en línea— me escribe:
— Profesora, no sé por dónde empezar.
Pienso de inmediato: "No puedo creer que algún estudiante me hable de deberes a estas horas. Maldita la hora en que compartí mi WhatsApp en clase".
Decido no responder y desconectarme, pero llega otro mensaje:
— Sé que no son horas, pero no tengo a nadie con quien hablar. Disculpe que la moleste.
— ¿Los deberes son para mañana? — pregunto cortante, intentando cerrar la conversación.
A esas alturas, ya había reconocido por la foto de perfil que era una alumna del instituto. Para preservar su identidad, la llamaremos Mel.
Mel respondió:
— Esta noche es la segunda vez que intento suicidarme.
Durante unos segundos, no sé qué responder ni cómo actuar. Decir "no lo hagas" no serviría de nada. Está pidiendo ayuda. Soy consciente, al instante, de la gravedad de la situación.
Una adolescente de dieciséis años, negra, pobre, estudiante de un centro público, víctima de violencia sexual y de racismo, con depresión y totalmente desamparada, no quiere seguir viviendo. Cree que acabando con su vida desaparecerán todos los problemas.
Pasé la noche hablando con ella. Al día siguiente, buscó ayuda psicológica y psiquiátrica en la red pública. Su depresión es crónica. La medicación tarda en hacer efecto y provoca altibajos. La familia afirma que está en seguimiento.
Unas semanas después, los principales periódicos brasileños anuncian que dos estudiantes del Colégio Bandeirantes se han quitado la vida con unos diez días de diferencia. También se notifican otros casos en centros privados de prestigio. Las familias exigen que los centros educativos aborden el tema.
Leo estas noticias y pienso en Mel y en mis estudiantes de los centros públicos que se autolesionan, han intentado suicidarse o sufren depresión. El suicidio es la segunda causa de muerte entre la juventud a nivel mundial. Sin embargo, sigue siendo un tabú en las escuelas y suele evitarse por miedo a "dar ideas".
Bajo la presión de las familias, algunos centros privados empiezan a abrir el debate. Pero en la educación pública, ¿cómo podemos generar ese espacio en aulas masificadas y en contextos marcados por la precariedad?
El año pasado decidí dedicar entre cinco y diez minutos al final de cada sesión al debate libre. Llamamos a este espacio "el rincón de desahogo". Cualquier estudiante podía compartir una dificultad o un acontecimiento positivo.
Al principio, pensaba que el estudiantado dudaría en participar. Abrí el debate con una pregunta: ¿por qué resulta tan difícil hablar de los propios problemas?
La escuela debería ser el espacio más democrático. Sin embargo, suele ser el primer lugar donde las diferencias se vuelven hostiles. Pretende ser inclusiva, pero a veces practica una inclusión selectiva: en teoría acoge a todo el estudiantado, pero los mecanismos de evaluación, la competencia, la normalización de los comportamientos y las desigualdades sociales que no corrige generan una selección implícita. La escuela reproduce, aun sin pretenderlo, las exclusiones presentes en la sociedad.
Ante la resistencia inicial, yo misma abrí el espacio, compartiendo mi propia adolescencia como joven negra y pobre escolarizada en la educación pública. Mostré que yo también tengo mis puntos débiles.
Poco a poco, este espacio se volvió esencial. El propio estudiantado me pedía integrarlo al principio de la clase. Muchos revelaron haber intentado quitarse la vida. Las causas eran múltiples: violencia en el ámbito familiar, racismo, acoso, abuso sexual, ausencia de los padres, consumo de drogas y baja autoestima.
Compartir los sentimientos rompe el aislamiento. Descubrimos que la fragilidad es universal.
El filósofo Albert Camus escribió que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio. Esta afirmación nos recuerda que la cuestión del sentido de la vida atraviesa la existencia humana y no puede ser ignorada en el espacio educativo.
Hablar del suicidio no lo fomenta. Al contrario, el silencio refuerza la soledad y la culpa. Países como Japón han entendido que las políticas públicas articuladas en torno al diálogo y la prevención pueden reducir de manera significativa las tasas de suicidio.
En Brasil, debemos avanzar en esa misma dirección. La escuela suele ser el primer lugar donde la juventud se enfrenta a la frustración, la injusticia y la contradicción. También debe ser el lugar donde se aprenda a afrontarlas.
Hablar del suicidio en la escuela no supone banalizar la muerte. Supone afirmar que la vida merece ser acompañada, especialmente en los momentos de mayor fragilidad.
Las opiniones expresadas en este blog pertenecen al autor y no reflejan necesariamente ninguna política o posición oficial de la Internacional de la Educación.