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Mundos de la Educación

Sirenas antiaéreas, cortes de luz, peligro e incertidumbre: un día en la vida de una profesora en Ucrania

publicado 20 agosto 2026 actualizado 20 agosto 2026
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Me llamo Natalia Tereshchenko y soy profesora de literatura universal y lengua ucraniana en la localidad de Kamyanske, en la región de Kryvyi Rih. Doy clase a estudiantes desde el quinto curso al undécimo y tengo 36 años de experiencia en educación secundaria.

Siempre quise ser profesora. Nunca dudé de la profesión que había elegido porque crecí en una familia de docentes. Mis abuelos trabajaron en una escuela toda su vida y desde muy pequeña vi el amor que ponían en lo que hacían. Lo que mejor recuerdo no es cómo preparaban las clases o corregían las tareas, sino los encuentros con estudiantes de años anteriores quienes, siendo personas adultas y prósperas, les transmitían cariño, les daban las gracias y rememoraban su época escolar. Fue entonces cuando me di cuenta de que una autentica maestra sigue siendo importante en la vida de sus estudiantes incluso muchos años después. Esa fue la razón principal por la que escogí esta profesión.

Enseño literatura universal porque creo que los libros no solo nos ayudan a entender mejor el mundo, sino también a conocernos. Ahora que nuestro alumnado vive en medio de una guerra, entre ataques aéreos y la incertidumbre permanente, las clases de literatura se convierten a menudo en un lugar en el que podemos hablar con sinceridad sobre miedos, elecciones, responsabilidad y humanidad.

Mis estudiantes son una gran fuente de inspiración. No temen plantear preguntas incómodas ni defender sus opiniones. Eso me recuerda una y otra vez por qué sigo siendo profesora. Deseo que cuando mis estudiantes salgan de clase, además de conocimiento sobre los libros, se lleven la capacidad para pensar, empatizar y conservar su humanidad en cualquier circunstancia.

Enseñar en tiempo de guerra

Ser docente hoy es mucho más que explicar una materia, es un acto diario de flexibilidad, resiliencia y control emocional. Trabajar en un entorno de aprendizaje híbrido, entre sirenas antiaéreas y cortes de luz, constituye un maratón extenuante en el que los planes se desbaratan a cada minuto.

Así es una jornada cualquiera:

7:30. Empiezo el día consultando las previsiones de cortes de suministro, los canales de noticias y los grupos de chat. No hay luz. Hago un rápido repaso mental para recordar qué grupo estará hoy en la escuela, qué estudiantes se conectarán desde casa, si mi teléfono, el portátil y las baterías externas están cargadas. La siguiente pregunta de la mañana: "¿Conseguiré dar la clase en línea antes de que se caiga la conexión?"

8:30. Nos conectamos al aula virtual a través de una red móvil, que apenas aguanta. La pantalla muestra cuadros negros en lugar de las cámaras de mis estudiantes, ya que en su casa tampoco hay luz. Intento explicar el tema de la forma más sugerente posible, pero la conexión se corta continuamente. Cada cinco minutos, alguien desaparece de la conferencia. Hablo al vacío, sin saber si mis estudiantes pueden oírme, y eso provoca la primera oleada de agotamiento mental, una sensación de impotencia y futilidad.

10:00. Paso a trabajar con los chicos y las chicas que han venido a clase. Hace un día gris y el aula está oscura. Tengo que adaptarme rápidamente. Ya no podemos hacer presentaciones en la pizarra digital, así que volvemos a las tizas y los libros de texto.

Mis estudiantes son todo nervios y ansiedad por la falta de sueño (las sirenas han estado sonando toda la noche). En vez de empezar a explicar, paso los primeros quince minutos calmando a la clase, intentando captar su atención y transmitiendo una mínima sensación de estabilidad.

11:15. Sirenas. Hay que ir al refugio. Oímos el largo y estridente aullido de las alarmas de ataque aéreo. Se me encoge el corazón, pero, como profesora, no puedo mostrar mi miedo. Empezamos a evacuar. Con rapidez y tranquilidad, sin dejarme llevar por el pánico, organizo a mis estudiantes, compruebo que todo el mundo tiene su mochila de emergencia (que debe contener agua, algo de comida y ropa de abrigo) y nos dirigimos al refugio. Está abarrotado y hay mucho ruido, ya que todo el colegio se ha reunido allí. Se dispara la tensión emocional. Varios niños y niñas empiezan a llorar; se ven grupos encerrados en sí mismos, otros caen en la hiperactividad por el estrés. Las maestras y los maestros encienden la linterna de sus teléfonos móviles e intentan seguir dando clase o, simplemente, distraer al alumnado con historias, juegos y canciones.

Psicológicamente, es el trance más duro. Tenemos que permanecer impasibles, pero por dentro nos corroe la ansiedad por nuestras familias y por el futuro.

14:00. Padres y madres exhaustas recogen a sus hijos e hijas. El profesorado vuelve a aulas frías y vacías. Es el momento en el que nos derrumbamos. No me queda energía. Tengo que corregir un montón de tareas, algunas enviadas como una foto borrosa a través de una aplicación de mensajería, otras escritas a mano. Me duelen los ojos por el esfuerzo constante y la escasa iluminación.

18:00. Regreso a casa, donde puede que todavía no haya luz. Dado que el sistema híbrido requiere el doble de trabajo (preparar material tanto para el aula como para la plataforma digital), redacto planes por si volvemos a tener suministro eléctrico y también por si hay otra alerta de emergencia. Este día me deja una profunda sensación de culpabilidad: "No me ha dado tiempo a cubrir todo el contenido", "No he podido prestar plena atención a todo el mundo".

Me voy a la cama con dolor de cabeza debido al ruido constante, a la tensión y al tiempo pasado mirando fijamente la pantalla. Pero lo más extraño es que antes de quedarme dormida pienso en que lo principal es que mis estudiantes están a salvo: "Ya nos pondremos al día con las lecciones más adelante".

En días así, no trabajas solo como docente, también eres psicóloga, orientadora, protectora y fuente de calma. Y este trabajo solo se sostiene gracias a un inagotable amor por el alumnado y a una increíble fuerza interior.

Nuestra fuerza reside en la solidaridad

En nuestro instituto, el sindicato desempeña una función esencial. Ahora hay 25 personas afiliadas y todas sentimos el apoyo, la ayuda mutua y la solidaridad del equipo. Nos mantenemos cerca siempre, compartimos los momentos duros y los felices, colaboramos en el voluntariado y celebramos las alegrías. El respaldo moral resulta especialmente valioso en esta época tan difícil para nuestro país.

Para mí, el último año ha sido especialmente complicado. Estaba agotada por los ataques; uno de los bombardeos dañó mi casa y, por si fuera poco, de repente me diagnosticaron un cáncer. La primera llamada que recibí ofreciéndome apoyo fue de la directiva del sindicato. También me concedieron una ayuda financiera, y más tarde descubrí que esa prestación procedía de la Internacional de la Educación.

En momentos como estos, te das cuenta de la importancia del trabajo en equipo, del valor de la sindicación, la unidad, la humanidad y la solidaridad, porque es una época muy difícil para todo el mundo y es fundamental sentir que tienes un apoyo y, también, que otras personas te necesitan.

Gracias a esta cooperación, todo el profesorado y el personal educativo gana confianza y una sensación de seguridad que impulsa su motivación para trabajar.

La Internacional de la Educación nos acompaña siempre

En las épocas más duras, tener a alguien a tu lado es un tesoro. Para mí, la solidaridad internacional no son solo palabras bonitas, es gente que se ha movilizado para ayudarnos cuando más lo necesitábamos. Es un respaldo que va más allá de lo práctico, pues nos permite sentir que el profesorado y la infancia de Ucrania no han caído en el olvido.

Gracias a iniciativas sindicales conjuntas, nuestro personal docente ha participado en cursos y talleres, ha podido tomarse un descanso de la complicada realidad del presente y seguir creciendo profesionalmente. Nuestro alumnado también ha tenido la posibilidad de participar en proyectos que han mejorado su confianza y le han enseñado a no perder nunca la esperanza.

Estoy profundamente agradecida a todas las personas que han estado a nuestro lado. La guerra pone a prueba nuestra resiliencia día tras día y son precisamente estos gestos de solidaridad internacional los que restauran nuestra fe en la gente, en el poder de la educación y en el hecho de que, incluso desde la distancia, es posible transmitir ayuda y esperanza a las otras personas.

Queridas y queridos colegas, gracias por estar a nuestro lado y con Ucrania en la época más oscura. Trabajamos en distintos países y en distintas circunstancias, pero nos une un único objetivo: proteger a los niños y a las niñas.

Mientras la guerra continúe, ayudemos a que no pierdan la fe en la bondad, en las personas y en el poder del conocimiento. Al fin y al cabo, son quienes un día construirán un mundo en el que ningún niño ni ninguna niña tenga que volver a despertarse con el aullido de una sirena.

Gracias por estar ahí. Significa mucho más de lo que es posible expresar con palabras.

Las opiniones expresadas en este blog pertenecen al autor y no reflejan necesariamente ninguna política o posición oficial de la Internacional de la Educación.