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Una docente con su estudiante (Photo: Anant Nath Sharma/Flickr)
Una docente con su estudiante (Photo: Anant Nath Sharma/Flickr)

“Aprender para las personas, el planeta, la prosperidad y la paz”, por Susan Hopgood

publicado 24 enero 2020 actualizado 18 febrero 2020
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¿Qué puede haber más apasionante que ayudar a un niño a descubrir el gozo de aprender e iniciar una vida de exploraciones? ¿Qué puede ser más importante para el futuro que ayudar a comprender y a adoptar los valores que fundamentan a sociedades decentes, justas y democráticas y que desarrollan la resistencia al odio, el fanatismo y la intolerancia?

Y la lista puede seguir alargándose. Difícilmente existe una oportunidad o un reto para el hombre y las sociedades que no requieran de la ayuda de una educación de calidad. La educación puede ayudar a marcar la diferencia entre la pertenencia o ser el perpetuo extraño. Puede marcar la diferencia entre una vida sana y feliz y una vida de “desesperación en silencio”. Puede ser el regalo o la maldición que se hace a todo lo largo de la vida.

Ni los docentes ni la educación pueden solucionar todos los males del mundo, pero resulta difícil imaginar un mundo mejor sin sistemas de escuelas públicas adecuadamente financiadas y aseguradas que cuenten con docentes cualificados, respaldados y motivados.

Si la enseñanza es una gran oportunidad para enriquecer la vida de uno mismo enriqueciendo la vida de los demás, ¿por qué existe una gran escasez de docentes en tantos países? ¿Por qué nos encontramos ante lo que parece una tarea imposible de contratar 69 millones de nuevos docentes para 2030? Y, ¿por qué tantos y tantas docentes abandonan, a menudo desde sus primeros años, la enseñanza?

El problema de atraer y retener a los/las docentes forma parte de un proceso de deshumanización más amplio en el que las personas cada vez más se consideran objetos; piezas de recambio de la gran máquina industrial, e incluso como meras fuentes de datos personales para su manipulación y venta.

La atomización y el extremo individualismo destruyen la noción misma de sociedad, de comunidad, de acción colectiva. Entre otros aspectos, la democracia es, por su propia naturaleza, colectiva.

Los educadores y sus organizaciones señalan que existen serios problemas en lo que se refiere a su situación. Los/las docentes no se incorporan a la profesión para ser administradores de pruebas o agentes de prestación de servicios, sino para ayudar a los jóvenes a desarrollar competencias y valores decentes y democráticos. Quieren que sus alumnos y alumnas salgan de la escuela con esperanza y optimismo.

La situación de los educadores/as también se ve mermada por salarios y condiciones por debajo de la norma, por carecer de un apoyo adecuado y de seguridad. Esta situación no solo impone dificultades a los/las docentes y los empuja a abandonar el barco, sino que también, de forma intencionada o no, envía un poderoso mensaje: “usted y lo que usted hace no tienen importancia”.

En las últimas décadas, la educación, los educadores y los estudiantes han sido cada vez más objeto de mediciones, como si se tratara de productos y elementos de gestión y no de profesionales.

El mercado tiene un espacio, pero ciertamente no en las aulas. Los buscavidas de la educación pueden argumentar que se preocupan por los niños, al tiempo que se limitan a hablar a los accionistas de las riquezas que procura el “mercado de la educación”. Ya lo dijo bien Adam Smith: “Nunca he conocido nada bueno realizado por aquellos que aparentan hacer comercio por el bien público”.

No existe una forma a bajo costo de obtener el tipo de educación que los niños y niñas merecen y que la sociedad necesita. Los Gobiernos son responsables de la educación. No pueden evitar sus responsabilidades delegándolas o subcontratándolas a estafadores que viven del “costo por alumno”.

El camino a seguir

En este Día Internacional de la Educación, debemos reflexionar no solo sobre lo que aspiramos para los educandos y los educadores, sino también sobre la construcción y el sostenimiento de sociedades decentes. Como australiana, que ha vivido los últimos meses devastadores incendios forestales y severas inundaciones, no es una exageración decir que la negación del cambio climático mata. Aunque ha sido una experiencia aterradora para nosotros, también debería demostrar a todos los habitantes de nuestro planeta los peligros que entraña nuestra gestión destructiva de la Tierra. ¿Cuántas crisis más necesitamos?

Los hechos sobre el cambio climático deben enseñarse en las escuelas, pero también deben servir de base para el debate público. No son buenos para nadie. Las grandes empresas parecen, salvo la industria de combustibles fósiles, al menos en mi país, estar empezando a comprender que estos hechos son malos para los negocios.

La negación del cambio climático es la nueva frontera de la desinformación que alimenta a la extrema derecha. Polariza, desvía y debilita nuestras estructuras y tradiciones democráticas. En otras palabras, la lucha por un debate informado sobre el cambio climático también es esencial para desarrollar el pensamiento crítico, el diálogo civil y para saber discernir entre los hechos concretos y la mera opinión o propaganda.

Los niños son personas, no futuras personas. La infancia es vida, no una sala de espera para la vida. La educación debe ser concebida y diseñada para ellos y para todos los aspectos de su desarrollo.

Dar prioridad a lo que puede medirse fácilmente y reducir la educación a las necesidades percibidas por el mercado laboral no ayudará a preparar a los jóvenes para que aprecien y disfruten plenamente de lo que la vida puede ofrecerles. Si se ignoran o se dejan a un lado partes esenciales de su vida intelectual y emocional, también habrán perdido lo que necesitan para ser ciudadanos y ciudadanas activos.

Una educación humana y presencial basada en la confianza y en las relaciones es más provechosa para la vida y para el trabajo. Si, como se constata, estamos adentrándonos en un período de acelerados cambios, más vale hacerle frente preparados y firmes. En una situación como esta, es posible que la competencia más importante sea la de aprender a aprender, lo que significa que una educación integral, de calidad y sana reviste más importancia que nunca.

Las opiniones expresadas en este blog pertenecen al autor y no reflejan necesariamente ninguna política o posición oficial de la Internacional de la Educación.