El futuro pertenece a la solidaridad, no al miedo
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Estamos atravesando una crisis geopolítica y una crisis política en las que la guerra, la desinformación y el autoritarismo se alimentan entre sí.
Hoy en día, hay niñas y niños que se esfuerzan por aprender bajo el ruido de los bombardeos aéreos, bajo la amenaza de los drones, bajo el peso del desplazamiento y bajo el trauma de la pérdida. En cada una de estas crisis, las escuelas no son solo refugios de esperanza, sino que son tratadas cada vez más como daños colaterales o incluso como objetivo.
Permítanme, pues, comenzar por donde la Internacional de la Educación siempre debe comenzar: por la vida de los niños y las niñas, por la dignidad de las trabajadoras y los trabajadores de la educación, y por la protección de las escuelas.
En Gaza, la infancia y las familias han sufrido una devastación cuya magnitud ninguna persona niña debería conocer jamás. Pedimos un alto el fuego inmediato y duradero, la protección de la población civil y un acceso seguro y sin obstáculos a la ayuda humanitaria. Pedimos que se protejan las escuelas y al personal docente, y que se restablezca la enseñanza lo antes posible, porque la educación no es un lujo para después de la guerra, sino una tabla de salvación durante la misma.
En Irán, una reciente e injustificada guerra impulsada por Estados Unidos e Israel ha desatado un nuevo sufrimiento entre la población civil. Hay niños y niñas que han perdido la vida o han recibido heridas, familias desplazadas y escuelas situadas en la línea de fuego. Cuando una escuela es atacada, el mundo no solo pierde un edificio, sino también un lugar de refugio, un lugar donde se desarrolla la vida cotidiana, que ofrece una sensación de seguridad y un futuro. Nos solidarizamos con la infancia, el personal docente y las comunidades escolares de Irán. Pedimos el cese inmediato de las hostilidades, la desescalada del conflicto y el retorno a la vía diplomática, porque jamás se debe permitir que las niñas y los niños sean víctimas colaterales de la guerra, ni que las escuelas se conviertan en campos de batalla.
En el Líbano, el recrudecimiento de la violencia y los desplazamientos han obligado de nuevo a las familias a luchar por su supervivencia. Cuando una persona niña tiene que desplazarse, la educación suele ser lo primero que pierde. Nos solidarizamos con las comunidades que intentan preservar la educación en situaciones de inestabilidad y pedimos la desescalada del conflicto, así como la protección de la población civil y de las infraestructuras civiles.
En Ucrania, la guerra lleva años interrumpiendo la educación. Los niños y las niñas estudian mientras suenan las sirenas antiaéreas, el profesorado ejerce su labor bajo una enorme presión y las comunidades escolares viven sumidas en un estado de ansiedad constante. Pedimos que cesen los ataques que ponen en peligro a la población civil, que se respete el derecho internacional humanitario y que se protejan las escuelas como espacios seguros.
En Sudán, un conflicto brutal ha provocado una de las mayores emergencias educativas del mundo. Millones de niñas y niños han perdido acceso a su educación, las escuelas han cerrado o han pasado a tener otros usos, y el personal docente ha soportado el peso de este colapso. Pedimos el fin a la violencia, el establecimiento de corredores humanitarios, la protección de los niños y las niñas, y una inversión urgente para restablecer la educación.
En la República Democrática del Congo, el conflicto y los desplazamientos han vaciado las aulas. Cuando las escuelas cierran, las niñas y los niños están más expuestos a situaciones de riesgo, así como al reclutamiento por parte de grupos armados, la explotación y la violencia. Pedimos paz y protección, así como la adopción de medidas educativas de emergencia que garanticen la continuidad del aprendizaje y mantengan viva la esperanza de las niñas y los niños.
Esto no es solo una lista de tragedias. Es una prueba de que el orden mundial está bajo presión y de que el multilateralismo está siendo atacado. Porque cuando la guerra se extiende, se pone a prueba el derecho internacional. Cuando la población civil sufre, se ponen a prueba los principios humanitarios. Cuando las escuelas son atacadas, se pone a prueba nuestra humanidad colectiva. Y, con demasiada frecuencia, somos testigos de una empatía selectiva, de una rendición de cuentas selectiva y de una protección selectiva.
La Internacional de la Educación se pronuncia con claridad moral: pedimos la paz. Pedimos un alto el fuego en los lugares donde la población civil está siendo bombardeada. Pedimos una desescalada para evitar que la guerra se extienda. Pedimos soluciones políticas negociadas que protejan las vidas humanas. Y les decimos a todas las comunidades afectadas: no están solas. Sus escuelas son nuestras escuelas. Sus niños y niñas son nuestros niños y nuestras niñas. Sus trabajadoras y sus trabajadores de la educación son nuestras compañeras y nuestros compañeros.
La guerra cultural suele ser el humo. El proyecto autoritario es el fuego.
También debemos hacer alusión al clima político que rodea estas guerras. Se está gestando una nueva ola autoritaria. En todas las regiones, las fuerzas de extrema derecha y autoritarias están convirtiendo la inseguridad económica y la alienación política en odio y represión organizados. Esta ola se nutre de una tormenta perfecta provocada por las repetidas convulsiones económicas, las presiones sobre el coste de la vida, la desigualdad y el debilitamiento de los servicios públicos. Cuando la gente está sumida en el miedo, las demagogias ofrecen cabezas de turco. No arreglan la economía, sino que convierten el dolor en arma. No redistribuyen la riqueza, sino que redistribuyen la culpa. No fomentan el espíritu comunitario, sino que cultivan la desconfianza.
La educación se convierte en un frente de batalla porque el autoritarismo requiere tres cosas: en primer lugar, una población lo suficientemente agotada como para cambiar sus derechos por «orden». En segundo lugar, una maquinaria narrativa que normalice la crueldad. En tercer lugar, un enemigo, real o inventado, para mantener dividida a la clase trabajadora. Es por esta razón que se ataca al profesorado. Es por esta razón que se atacan los planes de estudios. Es por esta razón que se vilifica la idea misma de la inclusión.
Estamos viendo cómo en muchos países las políticas religiosas se movilizan en favor de proyectos antidemocráticos, especialmente en torno al género, la educación y el control de las mentes de la juventud. También vemos cómo se llevan a cabo campañas transfronterizas bien financiadas contra la igualdad de género, contra los derechos LGBTQ+, contra la justicia reproductiva y contra la integridad de la educación pública. Estas campañas no son espontáneas. Están organizadas. Cuentan con recursos. Se exportan. Y se utilizan para fracturar la sociedad, de modo que las personas poderosas pueden seguir actuando sin rendir cuentas. Esta es la frase que debemos repetir hasta que se convierta en algo obvio: la guerra cultural suele ser el humo. El proyecto autoritario es el fuego.
Esta ola se ve amplificada por una maquinaria moderna de influencia. Las grandes plataformas tecnológicas pueden potenciar el extremismo, recompensar la ira, silenciar la verdad bajo el ruido y propiciar nuevas formas de vigilancia y control. La captura de los medios de comunicación —la concentración de la propiedad y del poder narrativo— reduce el espacio destinado al periodismo independiente, debilita la rendición de cuentas y normaliza las mentiras. Para la comunidad educativa, no se trata de una cuestión teórica. Si la propaganda es el arma, la educación es el escudo. Si la desinformación es la herramienta, el pensamiento crítico es la defensa.
Pero un escudo no es suficiente. Necesitamos un poder democrático organizado. Es por eso que los sindicatos son importantes. Porque dondequiera que surja el autoritarismo, la sociedad civil se convierte en el siguiente objetivo. Se acosa a los sindicatos. Se criminalizan las protestas. Se intimida al estudiantado. Se controlan las universidades. Se vigila a quienes defienden los derechos humanos. Y una vez que la represión se normaliza, la guerra se vuelve más fácil, porque una ciudadanía silenciada no puede detenerla.
Así pues, debemos dejarlo claro: un ataque contra el profesorado es un ataque contra la sociedad democrática.
¿Qué puede hacer el colectivo docente organizado a nivel mundial?
Como Presidente de la Internacional de la Educación, propongo cinco compromisos.
En primer lugar, debemos ser la voz mundial que exige la paz, el alto el fuego y las soluciones políticas negociadas, porque la niñez no puede aprender en un contexto de guerra permanente. Pedimos que se proteja a la población civil. Pedimos que se protejan las escuelas. Pedimos un acceso seguro y sin obstáculos a la ayuda humanitaria. Pedimos que se proteja al personal de la educación.
En segundo lugar, debemos defender el multilateralismo, pero dotándolo de sentido. El multilateralismo no debe ser un mero teatro de discursos. Debe garantizar la protección, la rendición de cuentas, el acceso humanitario y la inversión en la recuperación. Cuando se socavan las instituciones multilaterales, quien paga el precio es la infancia.
En tercer lugar, debemos defender la educación como un espacio protegido. Las escuelas nunca deben utilizarse como activos militares. Las escuelas nunca deben ser atacadas. Las escuelas nunca deben ser tratadas como moneda de cambio. Debemos promover y hacer cumplir los compromisos que protegen la educación en situaciones de conflicto. Debemos fortalecer los entornos de aprendizaje seguros y debemos apoyar al profesorado que, a pesar de cargar consigo el peso del trauma, sigue intentando ejercer su labor docente.
En cuarto lugar, debemos hacer frente a la desinformación y al odio. Debemos exigir transparencia y rendición de cuentas a las plataformas. Debemos oponernos a la captura de los medios de comunicación y fortalecer la comunicación de interés público, porque sin verdad no hay elección democrática.
En quinto lugar, debemos practicar una solidaridad rápida y visible. Cuando el profesorado de una afiliada está en el punto de mira, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Debemos movilizarnos. Hay que ofrecer apoyo jurídico, enviar delegaciones internacionales, crear fondos de solidaridad de emergencia, proporcionar apoyo psicosocial para superar el trauma, llevar a cabo campañas de sensibilización pública y ejercer una presión coordinada a través del movimiento sindical mundial. Porque la solidaridad no es un mensaje, la solidaridad es un método.
La educación no puede permanecer neutral en la lucha entre la democracia y el autoritarismo. Las aulas pueden ser un espacio de liberación o convertirse en una fábrica del miedo. El profesorado no es un simple conjunto de personas trabajadoras que forman parte de un mismo sistema. Son quienes resguardan el futuro.
Desde la Internacional de la Educación nos comprometemos a:
No permitir que la guerra robe la infancia de la niñez.
No permitir que el odio se convierta en política.
No permitir que la propaganda sustituya a la verdad.
No permitir que el multilateralismo se reduzca a una cuestión de poder.
Nos organizaremos. Educaremos. Resistiremos la represión. Construiremos la paz.
Porque el futuro no pertenece al miedo, sino a la solidaridad.
Las opiniones expresadas en este blog pertenecen al autor y no reflejan necesariamente ninguna política o posición oficial de la Internacional de la Educación.